“Tourism kills the city”, “Queremos una ciudad de vecinos, no de turistas” decían los carteles que llevaban las casi veinte mil personas -convocados por más de 150 organizaciones y movimientos sociales- que hace algunos días repletaron el Paseo La Rambla, el epicentro turístico de Barcelona. Algunos, incluso, lanzaron agua con pistolas de juguete en contra de los viajeros que contemplaban esta singular marcha. Otros manifestantes clausuraron simbólicamente la entrada a restaurantes, bares y hoteles.
La demanda era poner límites al arribo de los visitantes extranjeros que, anualmente, llegan a los 30 millones. Los más críticos dan este dato: en la capital catalana hay 4,8 turistas por habitante.
“Estamos hartos de no poder andar por las calles, de las fiestas y de los ruidos. ¡Y qué decir de los precios del alquiler y la comida! Queremos recuperar nuestra ciudad”, denunció Rosa María Gutiérrez a BBC Internacional, cansada de este nuevo fenómeno global: el turismo masivo. De acuerdo a ese medio inglés, los arriendos en Barcelona han subido en un 68% y la alimentación es significativamente más cara que en otras ciudades españolas.
La organización catalana Assemblea de Barris pel Decreixement Turístic pide un “decrecimiento del turismo”. Según un artículo del diario El País, este grupo propone reducir la llegada de vuelos, el cierre de los terminales de cruceros en el puerto, y la eliminación de los alojamientos turísticos informales, como casas y departamentos privados.
En los últimos meses, manifestaciones similares se han realizado en Canarias, Málaga y Mallorca. En Dubrovnik -Croacia- también es común escuchar el malestar de los locales por los miles de visitantes que llegan en temporada alta, mayoritariamente en cruceros. Son tantos, que tienen que hacer fila para atracar en el puerto que recibe exclusivamente a estos mega barcos.
El municipio local ha tomado algunas medidas como controlar el caos que se vive cada verano: restringió el número de mesas que los restaurantes instalan en los antiguos callejones de Dubrovnik e instauró un límite diario de cuatro mil pasajeros de cruceros que pueden entrar a la ciudad. Anteriormente arribaba un promedio de 10 mil. Pero, según el artículo de El País, poder visitar los lugares donde se grabó la serie Game of Thrones sólo ha hecho que crezca el interés.
Tal vez los primeros en optar por un tono más ofensivo fueron los holandeses, cuando el gobierno lanzó una vehemente campaña comunicacional derechamente para ponerle fin al turismo “de carrete” inglés. Países Bajos ha sido consistente en su intento por controlar los efectos de una tradición que trae más costos que beneficios: ser un popular destino para despedidas de solteros, lo que comúnmente viene asociado al turismo sexual y de drogas.
Venecia es uno de los lugares donde el exceso de turismo está -literalmente- hundiendo la ciudad. Por eso, los venecianos tomaron una drástica decisión, pero que no les hará perder el rédito económico asociado al paso de los viajeros: se impuso un “impuesto al turismo” de cinco euros para intentar disminuir el interminable flujo de visitas.
José Mansilla, autor del libro “Ciudad de vacaciones: conflictos urbanos en espacios turísticos”, argumenta que generalmente “el problema es que no se gestiona el turismo, éste sólo sucede. Un ejemplo de eso es la ‘terracificación’, es decir, del exceso de terrazas en determinadas zonas, debido a que hay poco control y se le da demasiada libertad a los privados. Tampoco se sabe cómo enfrentar a los visitantes vandálicos e irrespetuosos, ni a la delincuencia. Esto sucede en todos los continentes. Por eso, los esfuerzos no deberían enfocarse solo en promocionar un destino, sino que también en cómo gestionarlo».
El experto explica que el interés por viajar se intensificó luego del largo período de confinamiento durante la pandemia. Además, el aumento del poder adquisitivo de los chinos, les ha permitido volar a conocer lugares nuevos, algo hasta hace algunos años mucho más difícil.
Parar a Airbnb
El gobierno anunció el aumento a US$ 20 millones del presupuesto para la promoción internacional de Chile como destino. Según la Federación de Empresas del Turismo (Fedetur), ésta es una cifra adecuada y similar a la que invierten las naciones con las que nuestro país disputa el mismo nicho.
Si bien Chile está lejos de convertirse en un “colapso turístico”, aunque en lugares de atractivo internacional como San Pedro de Atacama e Isla de Pascua los vecinos alegan por el alto número de visitantes.
Al igual que en Barcelona, donde las autoridades anunciaron la prohibición del arriendo de departamentos privados para turistas en 2028, en Chile los gremios turísticos piden la regulación de las aplicaciones de hospedaje como Airbnb. “Si queremos ofrecer una oferta turística de calidad y de nivel mundial, se debe garantizar que todas las alternativas de alojamiento cumplan con estándares de seguridad y sanitarios. Hoy las plataformas digitales no lo garantizan, lo que sí hacen los hoteles establecidos”, dice en entrevista a Emol la presidenta ejecutiva de Fedetur, Mónica Zalaquett.
La preocupación de la industria ante la oferta de hospedaje informal se explica también porque ésta produce un daño económico a los hoteles tradicionales. Un estudio de la Fiscalía Nacional Económica advirtió sobre las irregularidades en las que incurren estas aplicaciones y calculó que plataformas como Airbnb generan una disminución del 20% de la ocupación en establecimientos que sí cumplen con las leyes nacionales.
Para el Secretario General de la Organización Mundial de Turismo (OMT), Zurab Pololikashvili, el desafío actual es encontrar el equilibrio entre recibir turistas (y su dinero) y no destruir la calidad de vida de los locales ni el medioambiente. Pololikashvili advierte que los países con lugares atractivos turísticamente tiene que preparase porque el problema solo va a crecer: la OMT calcula que habrá 1800 millones de viajes turísticos internacionales para 2030, en contraste con los 1200 millones en 2016.