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El Estilo Provoste

En suma, Yasna Provoste no está haciendo nada que no haya anunciado antes, ni está innovando en las formas con las que ejerce su poder: un tono severo, gesto adusto y una marcada conciencia testimonial que mezcla la ritualidad de púlpito católica con su identidad cultural diaguita, esa que reivindicó en la pasada elección al exhibir el voto de color verde que caracteriza al padrón de los pueblos originarios. Entonces, ¿por qué algunos aún se sorprenden con el estilo Provoste? Por Camilo Feres (*)

31 mayo 2021

La presidenta del Senado habla golpeado y cobra sus cuentas. Esta característica, que no es nueva en la hoy más clara carta electoral de la DC, parece haber tomado por sorpresa al Gobierno y también a parte de la oposición que, hasta hace poco, se parapetaban tras ella para dotar de sentido político a su condición de fortaleza relativa en la cámara alta.

La renovada centralidad que ha tomado Yasna Provoste ha hecho emerger un conjunto de rasgos de su personalidad: su facilidad para erigirse en testimonio, sus juicios severos, su sentido político para llenar los vacíos de poder y/o conducción ahí donde se producen. También reveló la paciencia y frialdad con la que cobra las cuentas políticas pendientes.

Entre esas cuentas por cobrar sin duda que la destitución de la que fue objeto mientras era ministra de educación ocupa un lugar central. Esa espada la desenfundó la derecha -y les cayó de vuelta con el mismo expediente con Harald Beyer- pero contó con la diligente colaboración de los colorines, facción de la DC liderada por Adolfo Zaldívar que, en medio de un conflicto que los alejaría del partido y del primer gobierno de Bachelet, concurrió con sus votos para la acusación constitucional que la cesó en su cargo y la exilió de la política (al menos por un tiempo).

Probablemente ese episodio revivió con fuerza en la memoria de Fuad Chahín, otrora insigne Colorín, cuando debió renunciar a su cargo. Ya encumbrada como opción presidencial, por su alza en las encuestas, Provoste había criticado la conducción de la mesa de Chahín y había hecho pública una conversación con él en la que le solicitaba considerar una precandidatura presidencial. Tras la renuncia de éste aprovechó de rematarlo calificando el gesto como tardío y alejado de una tradición de dirigentes que dimitían en el mismo día en que se verificaba una derrota electoral de proporciones.

De forma más sutil, pero no por ello menos decidida, el estilo Provoste cayó también sobre Ximena Rincón que, como carta presidencial de la falange, ejercía como primus inter pares en la bancada DC del Senado. Poco a poco la figura de Provoste fue opacando la de su colega y esa coexistencia problemática se transformó primero en declaraciones de “no soy candidata” (primer requisito para serlo); luego en pautas de prensa conjuntas, en las que Rincón repetía lo que hace minutos había señalado Provoste y finalmente en el episodio de bajadas, renuncias y acusaciones en las que la propia Rincón salió de escena sin que la pistola de Yasna tuviera que disparar un solo tiro.

Nada de esto es nuevo. Resarcida ya de su exilio político a través de un triunfo electoral holgado, que le alcanzó para arrastrar a su compañero de lista, dándole mayoría al oficialismo y de paso dejando sin opción a Jaime Mulet, otro insigne excolorín, Provoste lideró la oposición a los “matices” con la que los sectores más conservadores de la DC marcaban distancia con Bachelet 2.

En esa oportunidad la hoy presidenta del Senado ejerció nuevamente de contrapeso a los sectores más derechistas de su partido que, en base a alianzas de máquinas internas, borraban con el codo lo que su congreso ideológico había escrito con la mano. Y aunque gutistas y príncipes se salieron con la suya, dando piso a la disidencia crítica con la Nueva Mayoría e instalando la tesis del camino propio, que derivó en la poco feliz candidatura de su otra colega en el Senado, Carolina Goic, Provoste dejó clavada la bandera de su oposición a tope, obteniendo una fuerte mayoría electoral interna.

Muchos de esos esfuerzos se han visto reflejados en su ascendiente actual: la potencialidad electoral de Provoste no se agota en su rendimiento en encuestas, sino que descansa también en los lazos de confianza que la unen a una transversalidad que va más allá de la antigua ex Concertación y, en eso, su historial de pequeñas batallas -de derrotas y de triunfos- le entrega una trazabilidad valorada por los sectores más progresistas.

Siguiendo con las señales, al llegar a la presidencia del Senado, la hoy proto-candidata marcó nítidamente el camino que la guiaría en la testera de la Corporación. En una de sus primeras entrevistas en el cargo señaló, sin mucho misterio, “trabajaré por la unidad de la oposición y por una agenda de reformas que restituya la paz social”, pero tal parece que la entrevista no fue incluida en el clipping de prensa de Palacio.

En suma, Yasna Provoste no está haciendo nada que no haya anunciado antes, ni está innovando en las formas con las que ejerce su poder: un tono severo, gesto adusto y una marcada conciencia testimonial que mezcla la ritualidad de púlpito católica con su identidad cultural diaguita, esa que reivindicó en la pasada elección al exhibir el voto de color verde que caracteriza al padrón de los pueblos originarios. Entonces, ¿por qué algunos aún se sorprenden con el estilo Provoste?

En el campo aún se puede escuchar una expresión antigua con la que se moteja a los hombres apocados en la escena pública: “parece el marido de la profesora”, les dicen, en alusión a la figura señera de esas profesoras normalistas que llevaron con mano firme, severa y dedicada sus colegios y sus casas, dejando como legado generaciones de “primeros profesionales” marcados a fuego por una ética de la rectitud, la dedicación y el esfuerzo.

Algo de ese ethos viene a la memoria cuando se observan las formas con las que Provoste señala a su entorno, dejándoles caer una mirada severa cuando se equivocan, castigando con firmeza a los que se alejan de la línea, pero transmitiendo, al mismo tiempo, que está dedicada y preparada para sacar adelante aquellos desafíos que dependen de ella. Tal vez eso esté apocando a algunos.

 

(*) Camilo Feres es Comunicador Social UARCIS y Magister (c) en Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, además es Director de Estudios Sociales y Políticas de Azerta. Columna publicada en Ex-Ante.