Tanto va el cántaro al agua

La situación en Venezuela es insostenible, y lo ha sido por un buen tiempo. La reciente renovación del período presidencial de Maduro por otros 6 años no es más que una farsa cruel de democracia, donde el gobierno pretende mostrarse como respetuoso de las instituciones, pero al mismo tiempo las pisotea. Las elecciones por las cuales fue, supuestamente, electo Maduro, fueron convocadas por un organismo – la asamblea constituyente – sin poderes ni legitimidad para hacerlo. La OEA, el grupo de Lima y otros países han mostrado su preocupación y rechazo al proceso. Eso se demuestra en la nómina de países que sí apoya al gobierno venezolano hoy, como las dictaduras de Nicaragua, Cuba o Siria.

Por si quedaban dudas, hace unos días fue tomado prisionero por algunas horas el presidente de la Asamblea Nacional, el único espacio controlado por la oposición pero que Maduro ha dejado casi obsoleto a través de la asamblea constituyente. De forma consistente, el gobierno terminó por destruir cualquier atisbo de democracia en el país, perdiendo el pudor y el respeto por las apariencias.

Ahora, ¿cuáles son las herramientas que tenemos en Chile, ya sea a nivel político doméstico o de Estado, para apoyar el retorno de la democracia en Venezuela? Yo creo que hay tres puntos clave que vale la pena revisar.

Lo primero es aplaudir y apoyar la valentía con que el gobierno ha asumido el desafío de apoyar al pueblo venezolano. Nuestro país ha liderado el proceso del Grupo de Lima. La instancia de coordinación creada el año pasado, agrupa a 17 países americanos, incluyendo a México, Canadá y EE.UU. Fue formado como una instancia de trabajo para apoyar el proceso de retorno a la democracia en Venezuela y ha tenido una actitud consistente desde el principio. Hoy Chile y sus aliados tiene que analizar qué sanciones económicas impondrán contra el gobierno venezolano, de acuerdo con la amenaza que enviaron el 4 de enero en caso de que asumiera Maduro. Pero mientras no existan elecciones realmente libres en Venezuela, el gobierno ha abierto las puertas a los inmigrantes que escapen del régimen. Si bien hartos criticaron este régimen especial de visas, lo cierto es que es la política adecuada.

El segundo punto clave es rescatar el proceso que han tenido sectores de la oposición de criticar al gobierno venezolano sin tapujos. Así como las nuevas generaciones en la derecha han refrescado el ambiente al denunciar sin problemas las horribles violaciones a los DD.HH. en la dictadura chilena, poco a poco vemos signos similares en la vereda del frente. Representantes de la ex Nueva Mayoría, salvo las excepciones usuales, han mostrado su preocupación y rechazo a la continuidad del gobierno ilegítimo de Maduro. Incluso voces desde el Frente Amplio – aunque menos de las que nos gustarían – se han atrevido a llamar al régimen una dictadura y a rechazarla.

El tercer punto es dejar de usar la dictadura venezolana como un arma de guerra política para obtener triunfos pequeños. Desde sacar a la luz tuits antiguos como el acallar cualquier debate sacando en cara supuestas posiciones frente a lo que ocurre en Caracas. Nada de eso le sirve al pueblo venezolano en su lucha por recuperar la democracia. Todas esas discusiones sólo buscan anotar un par de puntos políticos en el corto plazo, pero muestran una despreocupación con el problema de fondo. En un país donde las generaciones más jóvenes muestran preocupantes niveles de desconocimiento del valor de la democracia, es más importante que nunca que nuestros representantes pongan el eco en las acciones para apoyar su crecimiento y no en una pelea fútil.

De tanto ir el cántaro al agua, la democracia venezolana terminó muriendo. Es mejor enfocarse en lo que sí podemos hacer para ayudarlos a reconstruirla y no en lo que el otro ha hecho (o no) para lamentarlo.

Cristina Bitar