Robots políticos

Hace unas semanas, el Centre for Governance and Change publicó una encuesta hecha en Europa, en la que uno de cada cuatro encuestados dijo que estaría dispuesto a reemplazar a los políticos por un robot de inteligencia artificial. La premisa es simple: qué mejor que una inteligencia sobrehumana, supuestamente objetiva, capaz de procesar miles de datos en poco tiempo, para tomar decisiones clave de política pública. Pero el resultado solo demuestra la frustración hacia los representantes, precisamente porque no son capaces de resolver los miedos que traen los grandes desafíos que nos impone la tecnología.

El populismo se alimenta de esto. Ofrecer soluciones fáciles a problemas difíciles resulta atractivo en un mundo donde la tecnología está entregando precisamente eso. La política tradicional, moderada, preocupada de los procesos, se vuelve obsoleta al lado de una propuesta que promete resolver problemas sociales complejos con buena actitud, marketing, y una aplicación del celular.

Llevamos años discutiendo sobre cómo la tecnología ha cambiado la forma de movilizar votantes y hacer campañas, desde las donaciones online hasta los avisos dirigidos y el levantamiento de datos personales. Los representantes ocupan las redes sociales como espacios de difusión y, a veces, de interacción, mientras que ‘tormentas’ en Twitter pueden terminar en cambios en nombramientos y en políticas públicas

Sin embargo, esta es una dimensión liviana de un fenómeno aún más complejo. Las tecnologías han empezado a resolver necesidades ciudadanas antes que los políticos puedan reaccionar. Cambian las formas de transportarse (Uber, Didi), de comprar (Amazon, Cornershop), de interactuar (Facebook, Twitter, Tinder), de informarse (Google), de comunicarse (Apple, Huawei), o de entretenerse (Netflix, Playstation). La política va detrás de estos cambios y regula tardíamente, mostrando que muchas veces los políticos se mueven en ritmos que no son acorde a los tiempos, como si su actividad no fuese afectada por los cambios tecnológicos. El mundo avanza gracias a los cambios exponenciales en tecnología, y ya no gracias a la política.

Pero los sesgos de la tecnología pueden perpetuar discriminaciones que ya existen. Es importante mantener políticos pensando en estos desafíos, buscando profundizar democracias acordes a estas nuevas realidades, y permitiendo que abracemos las tecnologías sin dejar fuera a nadie.

Quizás la gran paradoja es que un grupo de gente que quiere cambiar a los políticos por un robot —según la encuesta— cree también que sus trabajos serán eliminados por un robot, y espera, al mismo tiempo, que sus gobernantes tomen medidas para evitar un futuro que parece innegable. Esa incertidumbre sobre el futuro es lo que la política debe abordar para poder sobrevivir, y no ser reemplazada por robots o plataformas.


Photo by Franck V. on Unsplash