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Jair Bolsonaro estuvo a punto de convertirse en presidente de Brasil ayer, obteniendo el 46% de los votos en primera vuelta. Sin duda este es un resultado que nadie se hubiera esperado hace un año, pero que es consistente con las tendencias mostradas por las encuestas en las últimas semanas.

Por años, los analistas internacionales mostraban a Chile y Brasil como países relativamente moderados en lo político, donde el aprecio por la democracia – luego de haber vivido la experiencia del autoritarismo – los hacía optar por alternativas más bien moderadas. Asimismo, la política brasileña estuvo dominada por la competencia entre el Partido de los Trabajadores (PT) y los Social Demócratas. ¿Qué hizo posible que un candidato de la extrema derecha, radicalmente opuesto a los valores de sus adversarios, haya obtenido esta votación? Yo creo que es un cóctel entre el auge a nivel mundial de la ultraderecha, la desafección con la política tradicional y el alto nivel de corrupción en Brasil.

En términos de la arremetida de una nueva versión de la ultraderecha, esta vez con las armas del populismo, es algo que hemos visto con fuerza en Europa y EE.UU. No se trata sólo del triunfo de Trump o de la alta votación de Le Pen en Francia. También se incorporan el presidente Orban en Hungría, Duterte en Filipinas, el canciller Kurz en Austria Y el ministro del interior italiano, Salvini. En nuestra región no faltan los representantes, como secciones del fujimorismo en Perú o J.A. Kast en Chile. A nivel mundial, aunque no necesariamente de forma concertada, ha crecido un movimiento que junta nacionalismo, conservadurismo, rechazo a la inmigración y una profunda desconfianza a las élites dominantes, ya sea en el Estado como en el mundo privado.

Estos movimientos han tenido un éxito relativo gracias al caldo de cultivo que hay hoy. Carlos Peña propone la tesis que la modernización capitalista ha creado un alto grado de desafección de la política. Si esto es cierto, este sería el legado más nefasto del sistema económico más exitoso de la historia. Si bien hemos logrado, en el mundo, disminuir la pobreza y mejorar las condiciones materiales de vida, esto aparece acompañado de un alejamiento completo de los problemas públicos. Si a eso le sumamos el contexto específico de Brasil, donde la corrupción llegó a niveles alarmantes, tenemos el pack completo.

De ganar, Bolsonaro también deberá enfrentar un congreso excesivamente fraccionado, donde ningún partido dominará más del 11%. Esta es otra señal de nuestros tiempos, donde la política se ha transformado en un campo de batalla de visiones particulares. Entre medio de tal desorden, los presidentes gozan de una fuerza particularmente fuerte.

En tan sólo dos semanas, Brasil deberá optar de nuevo entre Bolsonaro, el ex militar que ha sido abierto en sus posturas ultraliberales en lo económico, llamando a privatizar todas las empresas públicas, además de implementar mano dura contra la inmigración, la corrupción y la droga. Todo esto mientras salpicó la campaña con comentarios misóginos y tuvo duros insultos con sus críticos. Al frente estará Haddad, quién corría como vicepresidente de Lula y que deberá convencer a la gente que el PT ya no es el partido de la corrupción ni el desorden. Pero más importante aún, deberá convencer a millones de votantes de centro que su alternativa no es más de lo mismo que ha llevado a Brasil hasta este punto, y que propone algo más un simple sentimiento anti Bolsonaro.